lunes 2 de noviembre de 2026 - Edición Nº2804

Marketing y negocios | 2 de noviembre

COLUMNA DEL DR. RUBÉN HUGO SOMOZA

El difícil arte de decir: “No sé”

Este artículo reflexiona sobre la dificultad de decir “no sé”, la presión por aparentar seguridad y la importancia de aceptar la incertidumbre, pedir ayuda y construir una cultura de trabajo donde preguntar y aprender sean signos de confianza, no de debilidad.


Dr. Rubén Hugo Somoza
Médico Veterinario y Coach Ontológico Profesional - Director de OnlineVets
“Trabajo acompañando a colegas en procesos de organización y toma de decisiones en clínicas veterinarias”.
Contacto: +54 9 11 6300-1080

 

 

Hay dos palabras extraordinariamente difíciles de pronunciar para muchos profesionales.

No sé.

Parecen sencillas.

Pero después de años de universidad, especializaciones, congresos, experiencia y pacientes, pueden volverse incómodas.

Especialmente cuando alguien espera una respuesta de nosotros.

Un cliente.

Un colega.

Un integrante del equipo.

Un alumno.

O alguien que trabaja bajo nuestra responsabilidad.

Nos formamos para saber.

Nos consultan porque supuestamente sabemos.

Nos pagan, entre otras cosas, por aquello que sabemos.

Entonces aparece una asociación peligrosa:

si soy un buen profesional, debería tener una respuesta.

Y quizás ahí comience el problema.

 

La presión de tener que saber

Imaginemos una consulta.

El tutor pregunta:

“Doctor, ¿qué tiene?”

Y todavía no lo sabemos.

Tenemos hipótesis.

Necesitamos estudios.

La evolución no es típica.

Hay resultados contradictorios.

Podríamos decirlo.

Pero aparece una pequeña incomodidad.

¿Qué pensará el cliente?

¿Perderá confianza?

¿Creerá que no estamos suficientemente preparados?

Entonces podemos caer en la tentación de llenar el vacío.

Dar una explicación demasiado rápida.

Mostrar más certeza de la que realmente tenemos.

Elegir una respuesta antes de contar con suficiente información.

No necesariamente porque queramos engañar.

Muchas veces porque nos cuesta permanecer en la incertidumbre.

 

Medicina e incertidumbre

La medicina tiene una característica que a veces olvidamos.

No siempre ofrece respuestas inmediatas.

Trabajamos con probabilidades.

Con información incompleta.

Con presentaciones atípicas.

Con respuestas biológicas que no siempre siguen nuestros libros.

Por eso el buen criterio clínico no consiste solamente en saber reconocer una enfermedad.

También implica reconocer el grado de certeza que tenemos sobre aquello que creemos saber.

No es lo mismo decir:

“Es esto.”

Que decir:

“Mi principal hipótesis es esta.”

O:

“Con la información que tenemos hasta ahora, esto es lo más probable.”

Pueden parecer diferencias lingüísticas.

En realidad expresan diferencias profundas en nuestra manera de pensar.

 

“No sé” no significa “no puedo”

Existe un malentendido importante.

Reconocer que no sabemos algo no significa detenernos.

Un “no sé” profesional debería tener una segunda parte.

“No lo sé todavía. Vamos a averiguarlo.”

Consultar bibliografía.

Pedir otro estudio.

Hablar con un colega.

Derivar a un especialista.

Revisar el caso.

Observar la evolución.

Reconocer un límite no es el final del razonamiento.

Puede ser exactamente el comienzo.

 

Pedir ayuda también cuesta

Quizás haya una frase todavía más difícil:

“¿Me ayudás con este caso?”

Especialmente cuando llevamos muchos años ejerciendo.

Cuando somos especialistas.

Cuando dirigimos un equipo.

Cuando otros nos consideran referentes.

Puede aparecer una fantasía silenciosa:

“Si pregunto esto, van a pensar que no sé.”

Pero podríamos invertir la mirada.

¿Qué profesional preferiríamos para nuestro propio animal?

¿El que necesita demostrar que conoce todas las respuestas?

¿O aquel que, frente a una duda relevante, tiene suficiente criterio para consultar a alguien que sabe más sobre ese problema?

La segunda opción no parece describir menos competencia.

Probablemente describa más.

 

La experiencia debería enseñarnos cuántas cosas no sabemos

Hay algo curioso en el desarrollo profesional.

Al principio de nuestra carrera podemos sentir que necesitamos respuestas.

Con los años descubrimos preguntas.

La experiencia muestra excepciones.

Casos que no encajan.

Tratamientos que no responden como esperábamos.

Diagnósticos que parecían evidentes y no lo eran.

Y lentamente comprendemos algo:

saber mucho también significa comprender la enorme dimensión de aquello que todavía no sabemos.

Eso no debería debilitarnos.

Debería mejorar nuestro criterio.

 

Cuando el jefe no puede decir “no sé”

El problema adquiere otra dimensión cuando dirigimos personas.

Porque el equipo observa.

Si el jefe necesita tener siempre una respuesta, comienza a construirse una cultura particular.

Las dudas se disimulan.

Los errores se justifican.

Las opiniones diferentes se vuelven riesgosas.

Y todos aprenden que parecer seguro es más importante que reconocer incertidumbre.

En cambio, imaginemos un jefe capaz de decir:

“No lo sé. ¿Qué opinan ustedes?”

La frase parece pequeña.

Pero modifica la conversación.

Da permiso para pensar.

Reconoce que el conocimiento puede estar distribuido.

Y demuestra algo que suele ser difícil para quien ocupa una posición de autoridad:

que pedir una opinión no disminuye necesariamente el liderazgo.

 

El joven que tampoco puede decirlo

Este problema no pertenece solamente a los profesionales experimentados.

Puede ocurrir exactamente lo contrario.

El veterinario joven que siente que tiene que demostrar permanentemente que está preparado.

Le preguntan algo.

No está seguro.

Pero teme consultar.

Entonces decide.

A veces acierta.

Otras veces no.

El problema no fue necesariamente desconocer la respuesta.

El problema pudo haber sido no reconocer que necesitaba ayuda.

Por eso una clínica también debería preguntarse qué ocurre cuando alguien joven dice:

“No sé.”

¿Recibe ayuda?

¿Recibe una explicación?

¿O recibe una mirada que le enseña que la próxima vez conviene disimular?

 

Hay una diferencia entre ignorancia y honestidad intelectual

Naturalmente, “no sé” no puede convertirse en una excusa permanente.

Somos profesionales.

Tenemos responsabilidades.

Debemos estudiar.

Actualizarnos.

Prepararnos.

Resolver.

No saber algo que deberíamos conocer puede señalar una necesidad concreta de formación.

Pero una cosa es tener una carencia de conocimiento.

Y otra muy diferente es reconocer honestamente dónde termina nuestro conocimiento actual.

Lo primero requiere aprendizaje.

Lo segundo requiere madurez.

Y muchas veces necesitamos ambas cosas al mismo tiempo.

 

La confianza no exige omnisciencia

Existe una idea que merece ser revisada.

Creemos que las personas confiarán en nosotros si mostramos seguridad.

Puede ser cierto.

Pero seguridad y certeza absoluta no son sinónimos.

La confianza también puede construirse diciendo:

“Esto es lo que sabemos.”

“Esto es lo que todavía no sabemos.”

“Estas son las posibilidades.”

“Esto es lo que propongo hacer para avanzar.”

Hay algo profundamente profesional en esa manera de comunicar.

No promete aquello que la medicina no puede garantizar.

Pero tampoco abandona al otro frente a la incertidumbre.

 

Una pregunta incómoda

Pensá en la última vez que alguien te hizo una pregunta profesional cuya respuesta realmente no conocías.

¿Qué hiciste?

¿Dijiste que no sabías?

¿Preguntaste?

¿Buscaste información?

¿Consultaste a alguien?

¿O construiste rápidamente una respuesta suficientemente convincente como para salir de la situación?

Ahora una pregunta todavía más incómoda:

¿Qué nos preocupa más cuando decimos “no sé”: el problema que tenemos delante o la imagen que los demás puedan construir de nosotros?

La respuesta puede enseñarnos bastante.

 

Reflexión final

Durante años acumulamos conocimiento para poder responder preguntas.

Y debemos seguir haciéndolo.

Pero quizás exista una etapa de nuestra evolución profesional en la que aprendamos algo igualmente importante:

reconocer cuáles todavía no podemos responder.

Decir “no sé” no debería ser una renuncia.

Debería ser un compromiso.

No sé.

Voy a estudiar.

Voy a preguntar.

Voy a consultar.

Voy a buscar a alguien que sepa más.

Voy a intentar comprenderlo.

Porque quizás la verdadera seguridad profesional no consista en demostrar permanentemente cuánto sabemos.

Tal vez aparezca cuando tenemos suficiente confianza en nosotros mismos para reconocer, sin vergüenza, hasta dónde llega nuestro conocimiento y dónde necesitamos a los demás.

Y paradójicamente, puede ser justamente ahí donde empecemos a convertirnos en profesionales todavía más confiables.

 

Pensar la clínica también es parte de la profesión.

 


COLUMNA ANTERIOR DEL DR. RUBÉN HUGO SOMOZA

- Saber recibir órdenes también es una competencia profesional

 

 

Más Noticias

NEWSLETTER

Suscríbase a nuestro boletín de noticias