La medicina veterinaria tiene una particularidad que muchas veces queda fuera de la conversación: quienes dedican su vida a cuidar a otros seres vivos también necesitan ser cuidados.
La evidencia disponible muestra que los veterinarios presentan un riesgo de suicidio superior al de la población general.
Pero detrás de las estadísticas hay una realidad cotidiana: jornadas extensas, presión económica, responsabilidad sobre la vida y la muerte, contacto permanente con el sufrimiento, eutanasias, conflictos con tutores, exigencias profesionales y, en algunos casos, aislamiento o dificultad para pedir ayuda.
Una revisión sistemática de 78 estudios confirmó que entre los profesionales veterinarios se han estudiado problemas como burnout, ansiedad, depresión, estrés laboral, fatiga por compasión, trauma secundario y suicidabilidad.
Cuidar la salud mental no significa solamente intervenir frente a una crisis. También implica reconocer el agotamiento, hablar cuando algo nos está afectando, construir vínculos de apoyo y aceptar que pedir ayuda profesional es parte del cuidado de la salud.
También es necesario cambiar una idea arraigada en muchas profesiones de la salud: la de que se debe poder soportarlo todo.
No siempre se puede. Y reconocerlo no los hace menos profesionales.
La salud mental de los veterinarios tampoco debería quedar exclusivamente en manos de cada individuo. Las clínicas, hospitales, universidades, colegios profesionales y demás organizaciones tienen (o deberían tener) un papel importante en la construcción de ambientes de trabajo donde sea posible hablar de las dificultades, pedir ayuda y detectar tempranamente situaciones de riesgo.
La evidencia también señala que el equilibrio entre vida laboral y personal, una cultura positiva dentro de las clínicas y estrategias adecuadas para afrontar el estrés se relacionan con un mejor bienestar y menor agotamiento profesional.
Este año, la Organización Mundial de la Salud (OMS) propone para el Día Mundial de la Salud Mental 2026 el lema “Lived experiences heard: real voices, real change” (“Escuchar las experiencias vividas: voces reales, cambios reales”), poniendo el foco precisamente en escuchar a quienes atraviesan problemas de salud mental y reconocer su experiencia.
Quizás ese sea también un buen mensaje para la profesión veterinaria.
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