La medicina veterinaria es una profesión científica, pero también profundamente humana. Cada día, los veterinarios deben tomar decisiones que no pueden resolverse únicamente mediante un diagnóstico, un protocolo o una guía terapéutica.
¿Qué tratamiento es realmente beneficioso para el paciente? ¿Hasta dónde es razonable intervenir? ¿Cómo actuar cuando las posibilidades económicas del tutor limitan las alternativas? ¿Qué hacer cuando prolongar la vida puede significar prolongar el sufrimiento?
Son preguntas frecuentes en la práctica cotidiana y todas tienen una dimensión ética.
A diferencia de la medicina humana, el paciente veterinario no puede expresar directamente su voluntad. El profesional debe interpretar signos clínicos y conductuales para determinar qué está ocurriendo y qué decisión protege mejor su bienestar.
Por eso, la relación entre veterinario y tutor adquiere una particular complejidad. El tutor participa de las decisiones, pero el profesional tiene la responsabilidad de aportar conocimiento, criterio y una evaluación objetiva de las alternativas disponibles.
La ética comienza, entonces, por colocar al paciente en el centro de la decisión.
Una práctica ética no consiste solamente en indicar correctamente un medicamento o realizar adecuadamente una cirugía. También implica explicar.
El tutor necesita conocer el diagnóstico, las alternativas posibles, los beneficios esperados, los riesgos, los costos y, especialmente, las limitaciones de cada opción.
Reconocer que un tratamiento puede no funcionar o que el pronóstico es reservado no disminuye la autoridad del veterinario. Por el contrario, forma parte de una relación profesional basada en la honestidad y la confianza.
La evolución de la medicina veterinaria ha ampliado de manera significativa las posibilidades de diagnóstico y tratamiento. Hoy existen procedimientos, tecnologías y alternativas terapéuticas que permiten abordar enfermedades que hasta hace algunos años presentaban muchas más limitaciones.
Sin embargo, la disponibilidad de una intervención no determina por sí misma que sea la opción más adecuada para un paciente.
La decisión clínica debe considerar, entre otros aspectos, los beneficios esperados, los riesgos, el pronóstico, la calidad de vida y las características particulares de cada caso. También requiere explicar al tutor las alternativas disponibles para que pueda participar de una decisión informada.
Por eso, ante una determinada intervención, la pregunta profesional no es únicamente si puede realizarse, sino si está indicada y si el beneficio esperado justifica sus riesgos y sus posibles consecuencias para ese paciente.
En determinadas circunstancias, la mejor decisión será intervenir; en otras, elegir una alternativa diferente o no realizar una intervención que no aporte un beneficio clínicamente razonable.
La ética profesional no consiste en hacer todo lo que la medicina permite, sino en utilizar responsablemente ese conocimiento para procurar el mayor beneficio posible para cada paciente.
La ética veterinaria tampoco termina en la relación con el paciente y su tutor.
El uso responsable de antimicrobianos, la prevención de zoonosis, el bienestar animal, la salud pública y el cuidado del ambiente forman parte de una responsabilidad profesional que adquiere especial relevancia bajo el enfoque Una Salud.
También aparecen nuevos desafíos vinculados con la incorporación de tecnologías como la inteligencia artificial. Estas herramientas pueden ayudar al diagnóstico y a la toma de decisiones, pero no reemplazan el juicio profesional ni trasladan la responsabilidad a un algoritmo.
Hablar de ética veterinaria no significa pensar solamente en los grandes dilemas relacionados con la vida y la muerte.
También está presente en situaciones aparentemente pequeñas: reconocer un error, derivar a tiempo, pedir una segunda opinión, evitar un procedimiento innecesario, respetar la confidencialidad, comunicar con claridad un pronóstico o admitir los propios límites.
Son decisiones que construyen, día tras día, la confianza en la profesión.
El Día Mundial de la Ética Médica ofrece una oportunidad para recordar que la excelencia profesional no depende únicamente de cuánto sabe un veterinario, sino también de cómo utiliza ese conocimiento para decidir. Porque hacer buena medicina veterinaria no es solamente saber qué se puede hacer. Es saber qué debe hacerse, por qué y, cuando corresponde, también cuándo no hacerlo.
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