La epilepsia es uno de los trastornos neurológicos crónicos más frecuentes tanto en medicina humana como veterinaria. En los perros, provoca convulsiones recurrentes de intensidad y frecuencia variables, lo que obliga a mantener tratamientos farmacológicos y controles veterinarios durante toda la vida.
Si bien numerosos estudios han analizado el impacto de la enfermedad sobre los pacientes, hasta ahora se conocía mucho menos acerca de las consecuencias que genera en las personas responsables de su cuidado cotidiano.
Con el objetivo de profundizar en esta realidad, investigadores del Royal Veterinary College (RVC) realizaron un estudio internacional que incluyó a 590 tutores de perros con epilepsia idiopática —la forma más frecuente de la enfermedad, caracterizada por crisis recurrentes sin una causa identificable— provenientes de 29 países.
Una radiografía del impacto sobre los tutores
Para evaluar la carga que implica convivir con un perro epiléptico, los investigadores adaptaron una herramienta utilizada en medicina humana para medir el impacto que la epilepsia infantil tiene sobre padres y cuidadores.
El cuestionario analizó cuatro dimensiones principales:
- Salud emocional.
- Salud física.
- Vida social.
- Situación laboral y económica.
Los resultados mostraron una realidad preocupante.
Uno de cada cinco participantes (20%) manifestó consecuencias negativas en las cuatro áreas evaluadas. El impacto emocional fue el más frecuente, presente en el 84,9% de los encuestados, seguido por las alteraciones en la salud física, registradas en el 77,6%.
Entre los problemas más mencionados se encontraron:
- Ansiedad o preocupación constante: 83,7%.
- Alteraciones del sueño: 68,8%.
- Deterioro de la situación económica familiar: 58,4%.
- Cansancio y agotamiento físico: 57,1%.
El estudio también identificó qué situaciones incrementan la carga sobre los tutores.
Los niveles de estrés fueron significativamente mayores entre quienes convivían con perros que habían sufrido episodios de estado epiléptico —crisis prolongadas o repetidas que constituyen una urgencia veterinaria— y entre aquellos cuyos animales requerían tratamientos con más de un fármaco anticonvulsivante.
Asimismo, las mujeres reportaron una mayor carga emocional que los hombres.
En cambio, cuanto mayor era el tiempo transcurrido desde el diagnóstico, menor era el impacto percibido, lo que sugiere que muchas familias desarrollan estrategias de adaptación a medida que adquieren experiencia en el manejo de la enfermedad.
Las respuestas abiertas del cuestionario permitieron conocer con mayor profundidad cómo cambia la vida cotidiana de estas familias. Muchos participantes describieron un estado de vigilancia permanente, con despertares frecuentes durante la noche para controlar a sus perros, reducción de la jornada laboral, cancelación de actividades sociales e incluso dificultades para dejar al animal solo por temor a que sufriera una convulsión sin recibir asistencia.
Los autores destacan que estos resultados ponen de manifiesto que la epilepsia no afecta únicamente al paciente, sino también a todo su entorno familiar.
Por ese motivo, sostienen que el abordaje clínico debería incorporar estrategias orientadas a reducir la carga de los tutores, fortaleciendo la comunicación entre el veterinario y la familia, brindando herramientas para afrontar el estrés y considerando el impacto que los tratamientos generan sobre la vida cotidiana.
Además, plantean la necesidad de desarrollar nuevas tecnologías de monitoreo remoto que permitan disminuir la vigilancia constante e impulsar investigaciones sobre intervenciones específicas destinadas a mejorar el bienestar de quienes cuidan a perros con epilepsia.
Reconocer el impacto que la epilepsia genera sobre los tutores puede favorecer una mejor comunicación durante las consultas, fortalecer la adherencia al tratamiento y contribuir al bienestar tanto del paciente como de la familia que lo acompaña.