
En la práctica cotidiana de una clínica, se toman decisiones todo el tiempo. Algunas son clínicas. Otras son organizativas. Otras, simplemente, urgentes.
Y muchas veces, se toman con la información disponible en ese momento. O con la que se cree tener.
Es frecuente escuchar frases como:
- “me parece que este servicio funciona”
- “creo que esto deja margen”
- “intuyo que por acá va mejor”
Y en algunos casos, esa intuición alcanza.
Pero cuando las decisiones impactan en la estructura de la clínica, la intuición empieza a quedarse corto.
El problema no siempre es que falten datos. Muchas veces, los datos están. Pero:
- no se registran de forma útil
- no se interpretan
- no se vinculan con decisiones concretas
Y entonces, quedan fuera del proceso real de gestión.
Lo más interesante es que, incluso sin información clara, las decisiones se toman igual.
- Se invierte.
- Se cambia.
- Se ajusta.
No decidir también es decidir. Pero hacerlo sin criterio aumenta el margen de error. Y con él, el desgaste.
No se trata de llenar la clínica de indicadores. Se trata de identificar:
- qué información realmente importa
- cómo leerla
- y en qué momento usarla
Porque cuando eso aparece, las decisiones dejan de ser reactivas y empiezan a ser más claras.
La diferencia no está en tener todos los datos. Está en tener los que ayudan a decidir mejor. Y en darles un lugar dentro del funcionamiento de la clínica.
COLUMNA ANTERIOR DEL DR. RUBÉN HUGO SOMOZA
- Cuando todo pasa por vos (y ese es el problema)