Hay discusiones que empiezan con una buena intención y terminan proponiendo una mala solución.
La creciente confrontación entre determinados sectores proteccionistas y quienes se dedican a la crianza de perros y gatos es una de ellas.
El planteo parece sencillo: hay animales abandonados, los refugios están saturados y todavía existen perros y gatos viviendo en las calles. Entonces, si evitamos que nazcan más animales mediante castraciones masivas y prohibimos o restringimos severamente los criaderos, el problema debería desaparecer.
El razonamiento tiene una lógica aparente. Pero confunde tres fenómenos completamente diferentes: abandono, reproducción irresponsable y crianza responsable.
Antes de discutir si debemos permitir que continúen existiendo las razas, conviene recordar por qué existen.
Durante siglos, el ser humano seleccionó perros por determinadas características físicas y, especialmente, conductuales. Mucho antes de las exposiciones caninas modernas, los perros eran seleccionados para cumplir funciones: pastorear, cazar, cobrar piezas, rastrear, proteger propiedades y ganado, controlar plagas o acompañar al ser humano.
La genética moderna confirma que esa selección dejó huellas. MacLean y colaboradores integraron datos conductuales de más de 14.000 perros de 101 razas y encontraron una elevada heredabilidad entre razas para 14 rasgos conductuales. Esto no significa que la raza determine exactamente la conducta de cada individuo; significa que la selección genética contribuyó a desarrollar aptitudes y predisposiciones funcionales.[1]
Una raza, por lo tanto, no debería reducirse a una forma de cabeza, una longitud de pelo o un color. Es también una población genética seleccionada a través de generaciones.
Y algunas de esas aptitudes continúan teniendo enorme importancia social:
- perros guía y de asistencia;
- perros de búsqueda y rescate;
- perros detectores;
- perros de terapia;
- perros de seguridad;
- perros de pastoreo y protección de ganado.
No todos los ejemplares de una raza tendrán las mismas cualidades ni todos los perros de trabajo deben ser necesariamente de raza pura. Pero sostener programas confiables de asistencia, detección, rescate o pastoreo exige seleccionar características sanitarias, físicas, cognitivas y temperamentales a través de generaciones.
Aquí aparece uno de los errores más importantes del debate.
No todo aquel que reproduce animales es un criador responsable. Pero tampoco todo criador es una fábrica de cachorros.
Un programa serio de crianza selecciona reproductores, estudia genealogías, controla enfermedades hereditarias, evita reproducir individuos con características incompatibles con el bienestar, planifica los apareamientos, controla gestación y parto, atiende correctamente a los neonatos y trabaja sobre la habituación y socialización antes de la entrega.
También debe evitar extremos morfológicos que comprometan respiración, locomoción, reproducción natural, termorregulación u otras funciones esenciales.
La regulación británica demuestra que esta distinción es posible. En Inglaterra, la licencia de cría impone condiciones de bienestar, registros e inspección; las normas de nivel superior incluyen programas documentados de socialización y habituación, controles veterinarios, pruebas de enfermedades hereditarias pertinentes y criterios para evitar apareamientos que previsiblemente produzcan problemas de salud o bienestar.[2]
La respuesta de un Estado moderno frente a una actividad que puede realizarse mal no necesariamente es prohibirla. Puede ser regularla, profesionalizarla, fiscalizarla y sancionar a quien la ejerce irresponsablemente.
Las primeras semanas de vida importan. Muchísimo.
Un buen criador no entrega simplemente un cachorro: entrega, en alguna medida, el resultado de sus primeras semanas de desarrollo. Un cachorro criado en aislamiento, pobre en estímulos, sin manipulación apropiada y sin exposición progresiva a personas, sonidos, superficies y ambientes puede llegar a su nueva familia con una desventaja comportamental considerable.
La propia normativa británica exige que desde etapas tempranas los cachorros dispongan de oportunidades adecuadas para interactuar con personas, con su propia especie y para habituarse gradualmente a estímulos de la vida cotidiana.[2]
Tener pedigree no garantiza una buena socialización. Un mal criador puede producir animales pésimamente socializados. Precisamente por eso debemos discutir qué crianza queremos, no simplemente si debe existir la crianza.
Además, cuando se destruye la crianza profesional no necesariamente se termina con la reproducción. Parte de ella puede desplazarse hacia apareamientos accidentales, venta clandestina y entregas sin control, trazabilidad ni seguimiento.
Durante décadas buena parte del discurso sobre control poblacional se resumió en una consigna: “hay que castrar”. La realidad científica actual es bastante más compleja.
La castración tiene indicaciones médicas, reproductivas y poblacionales indiscutibles y puede aportar beneficios importantes. Pero eso no significa que la gonadectomía indiscriminada de todos los animales, a cualquier edad y bajo cualquier circunstancia, constituya automáticamente la mejor decisión médica.
Las guías de WSAVA para el control de la reproducción en perros y gatos plantean decisiones basadas en evidencia, contemplan métodos quirúrgicos y no quirúrgicos y revisan tanto beneficios como potenciales perjuicios para la salud a largo plazo.[3]
La bibliografía muestra que los efectos no son uniformes entre especies, sexos, edades, tamaños y razas. En determinadas poblaciones caninas se han descrito asociaciones entre gonadectomía y algunos trastornos ortopédicos, neoplásicos y urinarios. Esto obliga a abandonar la receta idéntica para todos y a individualizar la decisión clínica.[3]
Entre las consecuencias que deben discutirse con el tutor está el aumento del riesgo de sobrepeso y obesidad.
En perros, un estudio retrospectivo publicado en 2025 sobre 15 razas mostró que el riesgo de sobrepeso u obesidad asociado al estado gonadal y a la edad de gonadectomía varía según la raza; los autores destacan la necesidad de recomendaciones individualizadas y de estrategias preventivas de dieta y ejercicio.[4]
En gatos, la evidencia es todavía más consistente. Estudios experimentales y epidemiológicos han identificado la gonadectomía como un factor de riesgo de ganancia de peso y adiposidad. Se han documentado aumentos de ingesta, cambios en el gasto energético y una mayor susceptibilidad a acumular grasa después de la esterilización.[5–8]
Esto no significa que todo animal castrado se volverá obeso. La obesidad es multifactorial y depende también de alimentación, actividad, edad, genética, ambiente y conducta del tutor. Significa que la cirugía modifica el riesgo y que el veterinario debe anticiparlo.
Toda indicación de gonadectomía debería incluir evaluación de condición corporal, ajuste de la ingesta energética, recomendaciones de ejercicio y seguimiento del peso. Castrar y despedir al paciente sin un programa de prevención de obesidad es una intervención incompleta.
La Organización Mundial de Sanidad Animal (WOAH) define el manejo de poblaciones caninas como un enfoque holístico. Señala que la ecología del perro está ligada a las actividades humanas y que un programa eficaz debe acompañarse de cambios en el comportamiento humano, incluida la promoción de la tenencia responsable.[9]
Y afirma algo especialmente relevante: el uso eficiente del control reproductivo no requiere limitar el tamaño de la población global. Para utilizar mejor los recursos, recomienda concentrarse en controlar la reproducción de las hembras con mayor probabilidad de ser fuente de cachorros no deseados y perros errantes.[9]
La WOAH reconoce, además de la esterilización quirúrgica, métodos no quirúrgicos y el confinamiento o separación de las hembras durante el estro como herramientas de control reproductivo.[9]
Hay una pregunta incómoda que deberíamos formular cada vez que una autoridad anuncia como un éxito haber realizado miles de castraciones: ¿qué resultado produjo?
Una municipalidad puede informar que realizó 5.000, 10.000 o 20.000 castraciones durante un año. Es un dato. Pero ese número, por sí solo, no demuestra que haya disminuido el abandono, que existan menos perros de vida libre, menos camadas no deseadas o menos ingresos a refugios.
La WOAH recomienda que los programas establezcan objetivos, líneas de base e indicadores medibles. Entre ellos incluye tamaño y demografía de la población con propietario, identificación, registro, esterilización y confinamiento; densidad y demografía de perros de vida libre; conocimientos y prácticas de la comunidad; y movimientos desde poblaciones con propietario hacia poblaciones sin propietario o de libre deambulación.[9]
Por lo tanto, para demostrar impacto deberíamos medir antes y después de una intervención: población libre, camadas no planificadas, origen de esos cachorros, ingresos y egresos de refugios, recuperación de animales identificados, adopciones, tiempo de permanencia y distribución territorial.
Veinte mil castraciones pueden representar un enorme esfuerzo sanitario y, al mismo tiempo, una estrategia poblacional poco eficiente si se concentran en animales que tenían propietario responsable, vivían confinados y nunca habrían generado una camada no deseada, mientras las verdaderas fuentes de reproducción no controlada permanecen sin intervención.
Si una campaña lleva años funcionando y su principal indicador de éxito sigue siendo que cada año realiza más cirugías, corresponde preguntar si estamos resolviendo el problema o aumentando la actividad destinada a combatirlo.
Antes de intervenir sobre una población deberían responderse preguntas elementales: ¿cuántos perros y gatos hay?, ¿cuántos tienen propietario?, ¿cuántos circulan libremente?, ¿cuántos carecen realmente de responsable?, ¿dónde se originan las camadas no deseadas?, ¿cuántos animales ingresan a refugios?, ¿cuántos son recuperados, adoptados o castrados cada año?
Argentina no dispone de un censo nacional periódico de perros y gatos que permita responder de manera homogénea todas estas preguntas ni de un sistema nacional único que consolide población, abandono, ingresos a refugios y castraciones. Existen datos locales y sectoriales, pero no deben confundirse con un censo nacional.
Esta carencia no invalida las políticas de control; sí obliga a exigir mejores líneas de base, trazabilidad e indicadores. En medicina, tratar sin diagnosticar es mala práctica. En política poblacional, intervenir sin medir también debería preocuparnos.
Argentina está atravesando una caída histórica de su natalidad. La Dirección Nacional de Población informó que entre 2012 y 2023 los nacimientos se redujeron un 31,6%, la mayor caída porcentual de Sudamérica en ese período: en 2023 nacieron aproximadamente dos niños por cada tres nacidos en 2012. El Censo 2022 situó la tasa global de fecundidad alrededor de 1,4 hijos por mujer, por debajo del nivel de reemplazo de 2,1.[10]
Las consecuencias ya están alcanzando al sistema educativo. La misma Dirección proyecta una pérdida del 39% de la matrícula de sala de 4 entre 2020 y 2028, del 45% en sala de 5 hasta 2029 y una reducción del 27% en la matrícula primaria entre 2025 y 2030, equivalente a 1,17 millones de alumnos.[10]
No estoy equiparando niños con perros. Estoy comparando la dinámica de dos poblaciones.
Toda población depende de nacimientos, muertes, ingresos y egresos. Cuando durante suficientes años disminuyen fuertemente los nacimientos, las consecuencias son acumulativas y diferidas.
Imaginemos entonces dos políticas simultáneas sostenidas durante décadas: castrar sistemáticamente la mayor cantidad posible de animales y restringir cada vez más la reproducción planificada. Al principio habría menos nacimientos; después, menos cachorros y animales jóvenes. Si el descenso fuera suficientemente intenso y persistente, la población total tendería a reducirse.
No existe hoy un modelo demográfico argentino que permita predecir cuánto, cuándo ni en qué razas ocurriría ese proceso. Por eso no corresponde presentarlo como una profecía. Pero tampoco es razonable suponer que reducir nacimientos de manera sostenida carece de consecuencias demográficas.
Una raza no se reconstruye comprando un macho y una hembra y haciéndolos reproducir. Necesita población reproductiva suficiente, diversidad genética, registros genealógicos, selección sanitaria y generaciones de trabajo.
Una raza puede degradarse por mala selección, sufrir por consanguinidad excesiva o por la búsqueda de características morfológicas extremas. Defender la crianza responsable implica reconocer esos problemas y combatirlos.
Pero una población genética también puede desaparecer si deja de reproducirse.
La discusión racional no es reproducción sí o reproducción no. Es qué animales deben reproducirse, con qué objetivos, bajo qué controles y con qué responsabilidad.
La medicina veterinaria de pequeños animales existe porque existen animales que necesitan medicina veterinaria. Si durante décadas se redujera de manera marcada la población de perros y gatos, también se reduciría la población potencial de pacientes.
Menos pacientes podrían significar menor demanda de servicios, menos clínicas económicamente sustentables, un mercado laboral más pequeño y menor incentivo para invertir en especialización, tecnología, diagnóstico avanzado, investigación y formación.
No afirmo que esto esté ocurriendo hoy como consecuencia de las campañas de castración. No existen datos que permitan sostener esa relación causal en Argentina.
Señalo una consecuencia demográfica y económica que debería estudiarse antes de convertir la reducción sostenida de nacimientos en un objetivo general.
No existe un país que haya resuelto el abandono mediante una fórmula única. Incluso los sistemas de bienestar animal más desarrollados continúan enfrentando comercio ilegal, cría irresponsable y abandono.
Lo que sí aparece de forma repetida es una combinación de herramientas: identificación, registro, trazabilidad, regulación de criadores, requisitos de bienestar, educación, responsabilidad del propietario, control reproductivo y fiscalización.
En los Países Bajos, por ejemplo, los perros deben ser microchipeados y registrados dentro de plazos definidos, y los animales importados también deben incorporarse al sistema de registro.[11] Esto no demuestra que el microchip, por sí solo, elimine el abandono; muestra que la trazabilidad forma parte de una política pública estructural.
En Inglaterra, la cría comercial está sujeta a licencia, inspección, registros y condiciones de bienestar, en lugar de una prohibición general de criar.[2]
Y la Unión Europea aprobó en 2026 sus primeras normas comunes sobre bienestar y trazabilidad de perros y gatos, incluyendo identificación mediante microchip y registro en bases nacionales interoperables, además de requisitos para cría, comercialización y bienestar.[12]
Un perro no abandona a su propietario. Generalmente ocurre al revés.
Por eso deberíamos cambiar la pregunta. En lugar de “¿cómo hacemos para que nazcan menos perros?”, preguntémonos “¿cómo hacemos para que menos perros terminen abandonados?”.
Las respuestas son diferentes:
- identificación individual y registro;
- trazabilidad de las transferencias;
- educación antes de comprar o adoptar;
- control reproductivo dirigido a animales con riesgo real de generar camadas no deseadas;
- acceso a esterilización para poblaciones donde sea necesaria;
- sanciones efectivas frente al abandono;
- regulación y fiscalización de criaderos;
- control sanitario y genético de reproductores;
- programas de socialización temprana;
- asesoramiento veterinario antes de elegir una raza o un individuo;
- evaluación periódica de resultados, no sólo de procedimientos.
La WOAH coloca la tenencia responsable en el centro del manejo poblacional y señala que lograr cambios sostenidos requiere una combinación de legislación, educación, concientización, disponibilidad de servicios y aplicación efectiva de las normas.[9]
Castrar no reemplaza educar
Una campaña puede informar cuántas cirugías realizó. Mucho más difícil es demostrar cuántos abandonos evitó, cuántas camadas no deseadas impidió, cuántos animales perdidos regresaron a sus hogares, cuántos propietarios modificaron su conducta o cuántos focos de reproducción irresponsable fueron efectivamente controlados.
Quizá haya llegado el momento de abandonar la guerra entre “proteccionistas” y “criadores”. Hay excelentes proteccionistas. Hay excelentes criadores. Y existen irresponsables de ambos lados.
El enemigo no debería ser quien rescata un perro. Tampoco quien cría responsablemente una raza.
La fábrica clandestina de cachorros. El criador que reproduce animales enfermos. El propietario que compra impulsivamente. El que permite reproducciones accidentales una y otra vez. El que deja a su perro permanentemente suelto. El que abandona. El que no identifica. El que entrega animales sin evaluar al futuro responsable. Y también las políticas públicas construidas sobre consignas simples para problemas complejos.
La crianza responsable necesita regulación. La reproducción no deseada necesita control. Los animales sin propietario necesitan protección. Los animales perdidos necesitan identificación. Los propietarios necesitan educación. La obesidad posterior a la castración necesita prevención. Y el abandono necesita consecuencias.
Prohibir toda crianza porque existen malos criadores sería una respuesta desproporcionada. La alternativa racional es establecer estándares, controlar su cumplimiento y sancionar a quienes no los respeten.
Confundir bienestar animal con impedir sistemáticamente que nazcan animales puede conducirnos a una paradoja: intentar proteger tanto a perros y gatos que terminemos construyendo un mundo con cada vez menos perros y gatos.
Nota metodológica: La comparación con la caída de la natalidad humana se utiliza exclusivamente como analogía demográfica. No implica equivalencia ética ni biológica entre poblaciones humanas y animales. Tampoco se afirma que la castración sea perjudicial en términos generales ni que las campañas actuales estén causando una reducción demostrada de la población de mascotas en Argentina; se cuestiona la aplicación indiscriminada y la evaluación basada sólo en número de procedimientos.
Contacto con el Dr. Rubén Hugo Somoza: +54 9 11 6300-1080 / [email protected]