Es sabido que los animales de compañía poseen una extraordinaria capacidad sensorial. Los perros, por ejemplo, pueden localizar sustancias en concentraciones extremadamente bajas, reconocer individuos por su olor y detectar modificaciones sutiles en el estado fisiológico de otros animales y de las personas.
Cuando esa capacidad se encuentra con la enfermedad humana, aparece un campo de investigación particularmente interesante: la posibilidad de utilizar el olfato animal para detectar alteraciones biológicas antes de que sean evidentes por otros medios.
Pero una pregunta más inquietante permanece abierta: ¿pueden los animales detectar que un ser vivo está próximo a morir?
La respuesta científica es mucho más compleja que un simple sí o no.
El organismo humano produce y libera continuamente una enorme variedad de compuestos orgánicos volátiles, presentes en el aliento, el sudor, la piel, la orina y otras secreciones.
El conjunto de estos compuestos constituye el volatiloma. Su composición no es estática: puede modificarse de acuerdo con el metabolismo, la alimentación, el estado fisiológico y determinadas enfermedades.
Esta característica ha despertado un enorme interés médico. Si una enfermedad modifica el metabolismo de las células, esos cambios pueden traducirse en una modificación de los compuestos volátiles que el organismo libera.
Los perros poseen una capacidad olfativa extraordinaria y, mediante entrenamiento, pueden aprender a reconocer determinados patrones odoríferos. Diversos estudios —como los detallados en Frontiers in Veterinary Science— han demostrado su capacidad para detectar muestras asociadas con enfermedades infecciosas y diferentes tipos de cáncer, aunque los resultados presentan variaciones importantes entre estudios y todavía existen obstáculos para trasladar esta capacidad experimental a herramientas diagnósticas de uso rutinario.
La investigación también analiza la posibilidad de combinar el olfato canino con técnicas instrumentales, como la cromatografía y la espectrometría de masas, para identificar cuáles son exactamente los compuestos responsables de esas señales.
Un ejemplo particularmente estudiado fue la detección olfativa de personas infectadas con SARS-CoV-2. Una revisión sistemática que analizó múltiples estudios encontró resultados prometedores, aunque también señaló diferencias metodológicas y factores que pueden afectar el rendimiento de los perros.
Por eso, hablar de los perros como biosensores resulta apropiado, siempre que se entienda que se trata de una capacidad en investigación y no de un sustituto automático del diagnóstico clínico.
Esta diferencia es fundamental. Un perro puede detectar una modificación fisiológica sin necesariamente comprender qué la provoca ni cuál será su evolución.
Una persona con una enfermedad puede presentar cambios en su metabolismo y, como consecuencia, modificar su perfil de compuestos volátiles. El perro podría reconocer ese patrón oloroso sin “saber” que está frente a una enfermedad.
Detectar una señal no equivale a predecir un acontecimiento.
Uno de los casos más conocidos es el de Oscar, un gato que vivía en una unidad de cuidados para personas con demencia avanzada en Rhode Island, Estados Unidos.
En 2007, el médico David Dosa publicó en The New England Journal of Medicine una perspectiva titulada A Day in the Life of Oscar the Cat. Según el relato, Oscar tenía la conducta de acercarse y permanecer junto a determinados pacientes durante las horas previas a su fallecimiento.
El comportamiento llamó la atención del personal porque, en numerosas ocasiones, el gato parecía elegir pacientes que posteriormente morían. El caso se convirtió rápidamente en un ejemplo emblemático de la supuesta capacidad de los animales para “predecir” la muerte.
Sin embargo, existe una diferencia importante entre una observación clínica llamativa y una demostración científica de un mecanismo.
El trabajo publicado en el NEJM fue una perspective, no un estudio experimental diseñado para determinar qué estímulo detectaba Oscar ni para establecer estadísticamente una capacidad predictiva. Por lo tanto, la ciencia no puede afirmar que Oscar supiera que una persona iba a morir.
Existen varias posibilidades.
Fisiológicas: un paciente próximo a morir puede experimentar modificaciones profundas en la respiración, la temperatura periférica, la movilidad, las secreciones y los compuestos volátiles que libera el organismo.
Conductuales: los animales de compañía son excelentes observadores de las rutinas y del comportamiento humano. Una modificación sutil en la postura, la movilidad, el tono muscular o la respuesta a estímulos puede proporcionar información que el ser humano no registra conscientemente.
La hipótesis más prudente es que, si efectivamente Oscar detectaba alguna señal asociada al deterioro terminal, esa señal podría haber sido multimodal: química, térmica, respiratoria, postural y conductual.
No existe, sin embargo, evidencia suficiente para determinar cuál de esas señales —o qué combinación de ellas— podía desencadenar su comportamiento.
El interés científico por este fenómeno no se limita a los animales domésticos. La tanatología comparada estudia cómo diferentes especies responden ante individuos muertos o moribundos y qué mecanismos sensoriales y cognitivos podrían explicar esas respuestas.
La pregunta sobre si los animales comprenden la muerte continúa abierta, pero la investigación en cognición animal está modificando la forma de plantearla.
La investigadora Susana Monsó ha propuesto que no es necesario exigir a los animales una comprensión de la muerte equivalente a la humana para considerar que poseen alguna forma de concepto de ella.
Desde esta perspectiva, una comprensión mínima puede apoyarse en dos elementos clave:
1. La ausencia de las funciones características de un organismo vivo.
2. La irreversibilidad de ese estado.
Un animal no necesita comprender la muerte como un concepto filosófico, religioso o cultural para reconocer que un individuo que antes se movía e interactuaba ya no lo hace y que esa condición no cambiará.
La tanatología comparada propone así evitar dos extremos: atribuir a los animales una comprensión humana de la muerte o asumir que carecen por completo de cualquier representación de ella.
Esta distinción permite separar dos preguntas diferentes.
La primera es sensorial: ¿puede un animal detectar que otro organismo ha cambiado?
La evidencia indica que sí. Los animales pueden percibir señales químicas, térmicas, visuales, auditivas y conductuales que permanecen fuera del alcance de nuestros sentidos o que nosotros no procesamos conscientemente.
La segunda pregunta es cognitiva: ¿comprende el animal que ese cambio significa que el otro individuo está muriendo o ha muerto?
Aquí la evidencia es mucho más difícil de interpretar.
Una conducta frente a un animal moribundo o muerto puede responder a la percepción de ausencia de movimiento, olor, temperatura o respuesta; también puede involucrar aprendizaje, memoria, vínculo social y experiencia previa.
Determinar cuánto de esto constituye una verdadera comprensión de la muerte continúa siendo uno de los desafíos de la investigación en cognición animal.
La fascinación por estas capacidades ha generado durante décadas relatos sobre perros y gatos capaces de “sentir” enfermedades, detectar cambios fisiológicos o anticipar la muerte.
Algunos de esos relatos pueden tener explicaciones fisiológicas plausibles. Otros pueden estar exagerados por la interpretación humana o por la ausencia de controles experimentales.
La ciencia permite hoy afirmar algo mucho más interesante que un supuesto sexto sentido: los animales reciben información del entorno que nosotros no somos capaces de percibir.
En los perros, esa capacidad está siendo estudiada de manera sistemática mediante la detección de compuestos orgánicos volátiles y otros patrones asociados a determinadas enfermedades.
Lo que todavía no podemos afirmar es que un animal “sepa” que una persona va a morir.
Quizás la formulación más precisa sea esta:
El animal no necesariamente predice el futuro; puede estar detectando que el presente ha cambiado.
Para la medicina veterinaria, este conocimiento tiene una importancia que va más allá de la curiosidad científica.
Comprender las capacidades sensoriales y cognitivas de perros y gatos permite interpretar mejor determinadas conductas en la clínica diaria y evitar dos errores opuestos: subestimar sus capacidades biológicas o antropomorfizar sus respuestas.
Un animal que permanece junto a una persona gravemente enferma puede estar respondiendo a cambios que nosotros no percibimos. Puede detectar modificaciones en el olor, la respiración, el movimiento, la temperatura o la rutina del paciente.
No necesitamos atribuirle poderes sobrenaturales.
Tampoco necesitamos reducir su conducta a un simple reflejo.
Entre ambos extremos existe un territorio científico fascinante: el de un organismo capaz de percibir información biológica que permanece fuera del alcance de nuestros sentidos.
Quizás allí se encuentre la verdadera explicación de aquello que durante siglos llamamos, simplemente, intuición animal.