
En la práctica veterinaria, el cansancio es algo conocido: días largos, guardias, casos complejos y decisiones que no siempre son fáciles. Todo eso forma parte del trabajo. Pero hay un punto en el que el cansancio deja de ser parte del día y empieza a volverse parte de la estructura.
No es el cansancio de una semana intensa. Ni de una temporada exigente. Es otro tipo de desgaste:
- El que aparece incluso cuando no hubo un día especialmente difícil.
- El que se acumula.
- El que no termina de irse.
Y muchas veces se normaliza.
En algunas clínicas, el funcionamiento depende en gran medida de la presencia, la energía y la tolerancia del veterinario que la lidera. No porque alguien lo haya definido así, sino porque con el tiempo se fue construyendo de esa manera.
Y cuando eso ocurre, el esfuerzo deja de ser una herramienta y pasa a ser la base sobre la que todo se sostiene.
El problema de este tipo de desgaste es que no siempre aparece de forma clara. No hay un momento exacto en el que algo “se rompe”. Pero sí hay señales:
- menor claridad para decidir
- menor tolerancia a situaciones habituales
- dificultad para tomar distancia
- sensación de estar siempre en funcionamiento
Frente a esto, es común pensar en descanso. Y el descanso es necesario. Pero cuando el desgaste es estructural, descansar no alcanza. Porque el problema no es solo la carga de trabajo, sino cómo está organizada.
Hay clínicas que no necesitan más esfuerzo. Necesitan dejar de depender de él. Y eso implica revisar algo que no siempre se mira: la forma en la que están pensadas.
COLUMNA ANTERIOR DEL DR. RUBÉN HUGO SOMOZA
- Cuando crecer empieza a complicar