La dermatitis atópica canina es una enfermedad inflamatoria de la piel compleja y multifactorial que requiere un abordaje clínico sostenido. Su manejo no se limita a controlar el prurito y las lesiones cuando aparecen: también implica identificar los factores que agravan el cuadro y establecer estrategias para reducir la frecuencia de las exacerbaciones.
Con este enfoque, el Comité Internacional de Enfermedades Alérgicas de los Animales (ICADA, por sus siglas en inglés) publicó una actualización integral de sus recomendaciones para el tratamiento de la dermatitis atópica canina. El trabajo, publicado el 28 de septiembre de 2026 en la revista Veterinary Dermatology, revisa la evidencia científica disponible hasta julio de ese año y reorganiza las opciones terapéuticas según sus mecanismos de acción y la fase de la enfermedad.
Uno de los principales aportes de las nuevas orientaciones es la diferenciación entre dos fases terapéuticas: el tratamiento reactivo y el tratamiento proactivo.
La terapia reactiva busca resolver el prurito y las lesiones cutáneas existentes durante un episodio activo. En esta etapa, la elección del tratamiento depende de la intensidad de los signos clínicos, el tipo de lesiones y la complejidad del proceso inflamatorio. Los autores destacan el papel de los medicamentos de acción rápida, entre ellos los glucocorticoides, y contemplan otras alternativas antipruríticas y antiinflamatorias según las características del paciente.
La terapia proactiva, en cambio, se plantea una vez alcanzada la remisión clínica. Su objetivo es mantener el control de la enfermedad y reducir el riesgo de nuevas exacerbaciones. Para ello, pueden considerarse medidas de cuidado de la barrera cutánea, control de infecciones, reducción de la exposición a alérgenos y tratamientos de mantenimiento seleccionados de acuerdo con la evolución de cada perro.
Esta distinción permite pensar el manejo como un proceso continuo: primero, controlar el episodio activo; después, sostener los resultados alcanzados y anticiparse, en la medida de lo posible, a nuevas recaídas.
La actualización reúne distintas estrategias que pueden formar parte del plan terapéutico. Entre ellas se encuentran el cuidado de la barrera cutánea, las intervenciones antimicrobianas y de modulación del microbioma, la evitación de alérgenos y la inmunoterapia específica frente a alérgenos.
También revisa las alternativas antiinflamatorias, antipruríticas e inmunomoduladoras, con recomendaciones que varían según la evidencia disponible y las características clínicas de los pacientes.
El documento contempla opciones como los glucocorticoides tópicos y sistémicos, los inhibidores de la vía JAK y el lokivetmab, entre otras. No obstante, las distintas intervenciones no son necesariamente intercambiables ni resultan apropiadas para todos los perros. La elección debe considerar el tipo de manifestaciones clínicas, la gravedad, la respuesta obtenida y los posibles efectos adversos.
Por eso, las recomendaciones no proponen una única secuencia terapéutica válida para todos los casos, sino un marco para orientar las decisiones clínicas.
Otro aspecto central de las orientaciones es el manejo de las infecciones secundarias, que pueden agravar las manifestaciones de la dermatitis atópica y dificultar el control de la enfermedad.
Las infecciones bacterianas y por levaduras deben identificarse y tratarse cuando corresponda, tanto durante los episodios activos como en las estrategias de mantenimiento. Asimismo, es fundamental investigar las causas subyacentes de las infecciones cutáneas y óticas recurrentes.
Los autores destacan la necesidad de utilizar los antimicrobianos de manera prudente, considerando el riesgo de resistencia. En particular, recomiendan limitar los antibióticos sistémicos a las situaciones indicadas, como determinadas piodermias profundas o los casos en los que el tratamiento tópico no resulta posible o no alcanza los resultados esperados. Cuando corresponda, los cultivos y las pruebas de sensibilidad antimicrobiana pueden contribuir a orientar la elección terapéutica.
El control de las infecciones, por lo tanto, no debe considerarse un aspecto aislado, sino una parte integral del manejo de la dermatitis atópica.
Las recomendaciones se basan, cuando fue posible, en ensayos clínicos aleatorizados y revisiones sistemáticas, con una valoración del nivel de evidencia mediante el sistema SORT (Strength of Recommendation Taxonomy).
El documento también identifica áreas en las que la evidencia sigue siendo limitada. Por ejemplo, aunque algunas intervenciones destinadas a modular el microbioma pueden ser útiles en determinados pacientes, los resultados no permiten asumir que todos los productos o formulaciones tengan la misma eficacia. En otras áreas, la falta de estudios amplios o de seguimiento prolongado limita las conclusiones sobre sus beneficios y su seguridad a largo plazo.
Esta evaluación resulta importante para interpretar las recomendaciones: una alternativa terapéutica puede ser apropiada en ciertas circunstancias sin que ello implique que deba utilizarse de manera generalizada.
El tratamiento de la dermatitis atópica canina suele requerir seguimiento y ajustes a lo largo del tiempo. Por eso, la selección de las intervenciones debe contemplar no solo su eficacia, sino también su seguridad, practicidad, costo y repercusión sobre la calidad de vida del animal y de sus tutores.
La posibilidad de sostener el tratamiento en la vida cotidiana, la respuesta clínica y la aparición de efectos adversos son factores relevantes para evaluar su continuidad. En los tratamientos prolongados, determinadas alternativas también requieren controles clínicos y, según el medicamento, análisis de laboratorio periódicos.
En este contexto, la comunicación entre el veterinario y los tutores resulta fundamental para establecer objetivos realistas, reconocer cambios en los signos clínicos y ajustar el plan cuando sea necesario.
Las nuevas orientaciones del ICADA refuerzan una idea fundamental para la práctica clínica: la dermatitis atópica canina requiere una estrategia individualizada que contemple tanto el control de las manifestaciones actuales como la prevención de futuras exacerbaciones.
Distinguir entre las fases reactiva y proactiva permite ordenar los objetivos terapéuticos y seleccionar las intervenciones de acuerdo con la situación clínica. A su vez, la identificación de infecciones secundarias, los posibles factores desencadenantes y las necesidades particulares de cada perro contribuye a construir un plan de manejo más integral.
Los autores subrayan que ningún tratamiento es adecuado para todos los pacientes. La decisión debe basarse en la evidencia disponible, la evaluación clínica, la seguridad y las circunstancias particulares de cada caso.