En los últimos diez años, la escena se repite en muchos consultorios veterinarios: el tutor cruza la puerta con el celular en la mano. No viene solo a contar síntomas, sino también a mostrar capturas de pantalla, resultados de búsquedas en Google y, cada vez más, recomendaciones de chatbots de inteligencia artificial. La consulta ya no empieza con un “doctor, mi perro está raro”, sino con un “según lo que leí, puede ser esto”.
Este cambio marca un punto de inflexión en la relación médico veterinario–cliente. La información dejó de ser un recurso escaso y pasó a ser sobreabundante, aunque no siempre confiable. En ese contexto, el rol del profesional ya no se limita a diagnosticar y tratar, sino que también implica traducir, ordenar y, muchas veces, desarmar interpretaciones erróneas sin romper el vínculo con el tutor.
Históricamente, el veterinario ocupaba un lugar de autoridad indiscutida. Hoy, en cambio, el vínculo se construye más desde el intercambio que desde la jerarquía. Muchos tutores llegan convencidos de que ya saben qué tiene su animal, y eso puede generar tensiones si el diagnóstico clínico no coincide con lo que leyeron en internet”
Sin embargo, lejos de ser solo un obstáculo, este fenómeno también abre oportunidades. Un tutor informado —o al menos interesado— suele estar más comprometido con el tratamiento, el seguimiento y la prevención. El desafío está en convertir esa información previa en una aliada, no en una amenaza.
La irrupción de herramientas de IA generativa sumó un nuevo actor a la escena. Chatbots capaces de describir síntomas, sugerir diagnósticos diferenciales o proponer tratamientos caseros están al alcance de cualquier usuario con conexión a internet. Si bien estas tecnologías pueden servir como apoyo educativo, también conllevan riesgos: simplificación excesiva, falta de contexto clínico y ausencia de responsabilidad profesional.
Desde el ámbito veterinario, crece la preocupación por la automedicación, la demora en la consulta presencial y la desvalorización del acto médico. Aun así, muchos profesionales coinciden en que la respuesta no es rechazar la tecnología, sino incorporarla críticamente. La clave está en reforzar el valor del criterio clínico, la experiencia y la formación académica frente a algoritmos que, por más sofisticados que sean, no examinan al paciente ni asumen consecuencias.
Este escenario obliga a repensar la comunicación en el consultorio. Escuchar sin descalificar, validar la preocupación del tutor y explicar con claridad por qué una hipótesis es o no correcta se vuelve tan importante como la elección del tratamiento. La consulta veterinaria se transforma así en un espacio de educación sanitaria, donde se construye confianza más que obediencia.
Además, surgen nuevos interrogantes éticos y legales: ¿qué pasa si un tutor insiste en seguir una recomendación de IA en contra de la indicación profesional? ¿Cómo se documentan estas situaciones? ¿Qué rol deben asumir los colegios y entidades en la regulación del uso de estas tecnologías?
En tiempos de pantallas, algoritmos y respuestas instantáneas, la medicina veterinaria reafirma su esencia: la observación directa, el examen físico, el vínculo con el animal y la relación humana con quien lo cuida. Ninguna búsqueda online puede reemplazar la mirada clínica entrenada ni la escucha empática en el consultorio.
La relación médico veterinario–cliente cambió de manera irreversible, pero no necesariamente para peor. El desafío, hacia adelante, será transformar la era de la sobreinformación en una oportunidad para fortalecer el rol profesional, mejorar la comunicación y consolidar una práctica más participativa, consciente y centrada en el bienestar animal.