jueves 29 de enero de 2026 - Edición Nº2527

Divulgación | 27 de enero

Psicología y criminología

Crueldad animal: un indicador de riesgo social y violencia humana

La crueldad hacia animales no es un acto aislado: investigaciones muestran que quienes infligen sufrimiento deliberado a seres vivos en la infancia o adolescencia tienen un alto riesgo de ejercer violencia extrema contra personas en el futuro. La evidencia científica revela cómo la falta de empatía y el deseo de dominar puede migrar de un ser vivo al siguiente.


La relación entre la crueldad hacia los animales y la violencia ejercida contra los propios seres humanos ha dejado de ser un planteo ético abstracto para convertirse en un objeto de estudio científico y criminológico. Numerosas investigaciones coinciden en que el maltrato animal, lejos de ser un hecho aislado, constituye un predictor alarmante de conductas violentas que pueden escalar hasta los crímenes más atroces.

La falta de empatía, el deseo de infligir dolor deliberado y sostenido, y la ausencia de remordimiento conforman un patrón psicológico que, cuando se manifiesta primero en el sometimiento de un animal indefenso, puede migrar con facilidad hacia otros seres vivos. La evidencia demuestra que quien maltrata a un animal desarrolla mecanismos emocionales que desensibilizan frente al sufrimiento ajeno y habilitan conductas agresivas contra personas.

 

La mirada de la criminología

El FBI lleva décadas estudiando este fenómeno. Desde los años 70, la Oficina Federal de Investigaciones incluyó la crueldad animal dentro de sus perfiles de riesgo criminal tras constatar que un alto porcentaje de asesinos en serie presentaba antecedentes de violencia contra animales durante su infancia o adolescencia. Este patrón se ha repetido en múltiples casos, confirmando que los actos de crueldad animal pueden ser un eslabón temprano en la cadena que conduce a homicidios, torturas y delitos sexuales violentos.

Según el FBI, entre el 30% y el 50% de los asesinos en serie reportaron crueldad animal en la infancia o adolescencia.

En 2016, la agencia federal estadounidense clasificó oficialmente el maltrato animal como delito grave (felonía), permitiendo registrar y analizar cada caso como un indicador de conductas de riesgo social. La violencia hacia los animales dejó de ser considerada una falta menor y comenzó a ocupar un lugar central en la prevención del crimen.

 

Una antesala que no se debe ignorar

Psicólogos, criminólogos y especialistas en conducta coinciden en que la crueldad animal constituye una expresión temprana de trastornos de empatía y control de impulsos que, si no son detectados e intervenidos a tiempo, pueden derivar en la violencia interpersonal más extrema. Lo inquietante es la intencionalidad: la mayoría de los actos de crueldad animal que sirven como antecedentes criminológicos se producen con premeditación y deseo expreso de prolongar el sufrimiento.

 

La paradoja de la ternura: cómo algunos violentos aman a sus animales

Un fenómeno que desconcierta tanto a psicólogos como al público general es la capacidad de asesinos y dictadores para demostrar afecto profundo hacia ciertos animales, mientras ejercen violencia extrema sobre seres humanos. Este contraste, que a primera vista parece contradictorio, revela un patrón de empatía selectiva y control emocional.

Históricamente, casos como el de Adolf Hitler, quien mostraba un afecto notorio hacia su perro Blondi, o criminales seriales que cuidan a sus animales de compañía con devoción, muestran que el cariño hacia un animal no siempre refleja empatía universal. Este patrón tiene varias explicaciones:

- Control absoluto: Los animales domésticos permiten relaciones unilaterales de afecto y obediencia. Para individuos que buscan poder y control, estas relaciones proporcionan satisfacción emocional segura, sin el conflicto moral que emerge frente a víctimas humanas.

- Empatía selectiva: La capacidad de sentir afecto no siempre es generalizable. Algunos individuos pueden amar intensamente a ciertos seres vivos, pero deshumanizar completamente a otros, especialmente grupos sociales, étnicos o individuos considerados “otros”.

- Desconexión moral: La violencia extrema hacia personas suele sustentarse en la deshumanización. El afecto hacia animales queridos no entra en conflicto con estas acciones porque el cerebro separa la relación afectiva de la víctima humana de la del animal.

Los expertos destacan que estos casos no contradicen la evidencia de que la crueldad animal temprana predice violencia futura. La diferencia clave es que el estudio se centra en actos deliberados de sufrimiento hacia animales indefensos, no en afecto dirigido a animales propios.

 

Implicancias sociales y jurídicas

Reconocer la crueldad animal como factor de riesgo social es fundamental para el diseño de políticas públicas. Programas de prevención del delito, protocolos educativos y legislación más severa contra el maltrato animal se convierten en herramientas no solo de protección a los animales, sino también de prevención de futuros crímenes contra las personas.

La crueldad hacia los animales, entonces, no debe verse como un hecho menor ni desconectado de la violencia social. Es, en muchos casos, el preludio de tragedias mayores. La sociedad que ignora el sufrimiento animal corre el riesgo de incubar en silencio la violencia que luego estalla en su seno.

 


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