En los campos abiertos de la Patagonia, donde el viento recorre estepas interminables y el ganado pasta en grandes extensiones, una amenaza silenciosa gana terreno. No llega desde depredadores históricos ni desde fenómenos climáticos extremos, sino desde jaurías de perros asilvestrados que, lejos de los centros urbanos, se mueven con lógica propia, cazan en grupo y se adaptan con rapidez a un ambiente que ya consideran suyo.
La problemática, que durante años fue interpretada como un conflicto puntual entre productores y animales sueltos, hoy adquiere dimensión regional. En provincias del sur argentino, y especialmente en Tierra del Fuego, organismos oficiales y centros de investigación estiman que existen decenas de miles de perros sin supervisión, muchos de ellos nacidos en completa silvestría. A diferencia de los animales urbanos en situación de abandono, estos perros no conocen la convivencia con personas y desarrollan comportamientos similares a los de especies salvajes.
Durante décadas, los daños se concentraron en majadas ovinas. Sin embargo, en los últimos años se registró un cambio notable en el tipo de presas. Frente a la reducción sostenida del stock de ovejas, las jaurías comenzaron a atacar ganado bovino, especialmente terneros y animales jóvenes. No se trata solo de muertes directas: muchos animales quedan heridos y mueren días después por infecciones, estrés o hipotermia, lo que multiplica las pérdidas productivas.
Este fenómeno no solo impacta en la economía rural. En varias zonas patagónicas, la presión constante de los ataques llevó a productores a abandonar actividades históricas, acelerando procesos de despoblamiento y modificando la fisonomía social del territorio.
El avance de los perros asilvestrados también se siente en ambientes naturales. En ecosistemas frágiles como los patagónicos, caracterizados por su lenta capacidad de recuperación, la presión de un depredador generalista tiene efectos profundos. Se documentaron ataques a guanacos, huemules y aves terrestres que nidifican en el suelo, especies que ya enfrentan múltiples amenazas por la fragmentación de hábitats y el cambio climático.
A diferencia de depredadores nativos, los perros no forman parte de los equilibrios ecológicos históricos de la región. Su presencia altera cadenas tróficas, desplaza fauna autóctona y genera impactos que pueden persistir durante décadas, incluso si las poblaciones caninas disminuyen.
La problemática no se limita al ámbito productivo o ambiental. En zonas rurales, periurbanas y áreas naturales protegidas se reportan encuentros con jaurías de hasta una decena de individuos que no muestran temor al ser humano. Senderistas, ciclistas, trabajadores rurales y turistas describen situaciones de intimidación y persecución, lo que condiciona el uso recreativo y laboral del territorio.
En regiones donde el turismo de naturaleza es una de las principales actividades económicas, la percepción de inseguridad asociada a estos animales se suma a los impactos ya existentes sobre la producción y la conservación.
Aunque las consecuencias se manifiestan en ámbitos rurales y naturales, el origen del fenómeno suele rastrearse en las ciudades. La reproducción sin control, el abandono y la circulación de animales sin supervisión generan un flujo constante de perros hacia zonas periurbanas, desde donde muchos terminan formando grupos estables en ambientes abiertos.
Con el tiempo, estos animales dejan de depender de recursos humanos y desarrollan estrategias de caza colectiva, marcaje territorial y defensa de presas, lo que consolida su condición asilvestrada y dificulta cualquier intento de reintroducción en contextos urbanos.
La expansión de perros asilvestrados en la Patagonia no es solo un problema de animales sueltos. Es una expresión visible de desequilibrios más profundos entre sociedad, ambiente y territorio. Impacta en la producción, altera ecosistemas, condiciona la vida cotidiana de comunidades rurales y plantea desafíos para la gestión de áreas naturales.
Especialistas coinciden en que se trata de un fenómeno complejo, que no admite soluciones simples ni rápidas. Su abordaje requiere políticas sostenidas, articulación entre distintos niveles del Estado y una mirada integral que contemple tanto las causas urbanas como las consecuencias rurales y ambientales. Mientras tanto, en la inmensidad patagónica, las jaurías siguen recorriendo campos abiertos, recordando que los problemas que nacen en las ciudades también pueden transformarse en crisis en los paisajes más remotos.
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