viernes 6 de marzo de 2026 - Edición Nº2563

Profesión | 5 de enero

Profesión y sociedad

La mirada social sobre la medicina veterinaria

Aunque socialmente valorada como una profesión esencial por su rol en el cuidado y bienestar de los animales, la medicina veterinaria enfrenta hoy un entorno atravesado por mayores exigencias, expectativas muchas veces desalineadas y una creciente sensibilidad al precio de los servicios.


La medicina veterinaria ocupa un lugar particular en el imaginario social. Es percibida como una profesión vocacional, cercana y asociada al cuidado, una imagen que se mantiene firme y que constituye uno de sus principales activos simbólicos.

Un estudio reciente realizado por la consultora CADEM en Chile aporta datos reveladores para comprender cómo convive ese reconocimiento con nuevas tensiones que atraviesan el ejercicio profesional.

Uno de los hallazgos más significativos es el fuerte carácter aspiracional de la profesión. La medicina veterinaria aparece entre las carreras más deseadas durante la niñez, superando a disciplinas tradicionalmente consideradas “clásicas”. Este dato confirma que, desde edades tempranas, el vínculo con los animales y la idea de cuidado siguen despertando admiración y vocación, reforzando una imagen positiva que se proyecta en la vida adulta.

Ese reconocimiento -según el estudio- también se refleja en la percepción pública del rol profesional. El médico veterinario es visto como alguien que disfruta de su trabajo, sin cargas simbólicas negativas asociadas al estrés extremo, la ambición económica o la desconfianza social.

A diferencia de otras profesiones de la salud, la imagen del veterinario aparece “limpia”, con un perfil más humano que lucrativo. Sin embargo, esta valoración, aunque positiva, puede derivar en una cierta subestimación del esfuerzo, la formación y la responsabilidad que implica el ejercicio profesional.

El estudio de CADEM señala que la sociedad reconoce que el componente humano, la empatía y la relación con el animal y su familia son centrales. Este dato refuerza el valor diferencial del acto veterinario, más allá de los avances técnicos y diagnósticos.

No obstante, este capital simbólico convive con un contexto económico restrictivo que impacta directamente en la práctica diaria. El estudio muestra una percepción mayoritariamente negativa de la situación económica personal y una baja disposición a gastar, incluso en bienes y servicios valorados. Esta sensibilidad al precio se traslada al ámbito veterinario, donde los clientes exigen altos estándares de calidad, pero evalúan con cautela cada intervención y cuestionan los costos asociados.

La paradoja se profundiza al observar el comportamiento a favor del consumo de productos para perros y gatos. Esto revela que los animales de compañía ocupan un lugar prioritario en el afecto y el consumo, aunque esa disposición a gastar no siempre se traduce de la misma manera en la valorización de los servicios profesionales, especialmente cuando implican prácticas complejas o de largo plazo.

Otro dato relevante del estudio se vincula con la forma en que la sociedad define el éxito profesional. Para una proporción significativa de las personas, el éxito está asociado a “hacer lo que apasiona” más que a obtener altos ingresos. Esta percepción refuerza la imagen vocacional del veterinario, pero también plantea un riesgo: naturalizar condiciones laborales exigentes o emocionalmente demandantes bajo la idea de que la pasión debería compensar otras carencias.

La mirada social sobre la medicina veterinaria combina respeto, admiración y expectativas crecientes. El desafío no pasa por defender esa imagen, sino por profundizarla y equilibrarla.

Comunicar mejor el alcance real del rol profesional, poner en valor el acto veterinario y promover una relación más consciente con los clientes resulta clave para que el reconocimiento social se traduzca también en comprensión y sostenibilidad del ejercicio profesional.

 


 

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